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Paradiso: una comedia que termina hablándonos de la familia

Hay obras de teatro que uno disfruta durante el tiempo que permanece sentado en la butaca y otras que, cuando se encienden las luces y llega el aplauso final, se quedan contigo mucho después de abandonar la sala. Paradiso pertenece a esa segunda categoría.

El pasado domingo, la obra cerró su temporada con su novena presentación en el Teatro Manuel Rueda del Conservatorio Nacional de Música, después de reunir sobre las tablas a un grupo de actores que logró convertir una historia cargada de humor en una experiencia que también invita a mirar hacia adentro.

Y confieso que salí del teatro pensando mucho más en mi familia que en la propia obra.

Paradiso es una comedia. Y sí, uno se ríe. Hay situaciones que provocan carcajadas, momentos de complicidad y personajes que consiguen que el público disfrute de principio a fin. Pero debajo de ese humor hay una historia que va tomando otra dimensión mientras avanza.

Porque, en realidad, ¿qué hacemos con nuestros seres queridos cuando llegan a la tercera edad?

¿Seguimos estando presentes? ¿Los acompañamos? ¿Les devolvemos, aunque sea un poco, todo aquello que hicieron por nosotros?

O, sin darnos cuenta, ¿terminamos colocándolos en un segundo plano mientras nuestra propia vida, nuestros hijos, nuestro trabajo y nuestras responsabilidades ocupan todo nuestro tiempo?

Ese es uno de los grandes golpes emocionales de Paradiso.

La historia plantea una realidad que, aunque pueda desarrollarse sobre un escenario, existe fuera de él y forma parte de la vida de muchas familias. Padres que lo entregaron todo por sus hijos y que, con el paso de los años, pueden terminar sintiéndose solos o desplazados.

Y ahí fue cuando la obra me tocó personalmente.

Pensé en mi abuela.

Ella nunca fue abandonada. Siempre estuvo con nosotros, rodeada de su familia y de nuestro cariño. Pero han pasado casi dos años desde su partida y hay historias que tienen esa capacidad de devolvernos, por unos minutos, a quienes ya no están.

Paradiso hizo eso conmigo.

No necesariamente porque lo que ocurre en escena fuera exactamente lo que vivimos con ella, sino porque la obra consigue algo mucho más poderoso: hacerte pensar en lo que podría ocurrir, en lo que viven otras familias y en la responsabilidad que tenemos con aquellos que estuvieron antes que nosotros.

De hecho, después de terminar la función, varias de las conversaciones que escuché coincidían en algo: la obra había provocado que cada quien pensara en su propia familia. Y quizás ahí está uno de sus mayores aciertos.

Porque el mensaje no se queda en las tablas.

Nos recuerda que nuestros padres y abuelos también necesitan compañía, atención, afecto y sentirse importantes. Que llevarlos a un lugar donde puedan recibir cuidados no significa que debamos olvidarnos de ellos. Que la vejez no debería convertirse en una etapa de abandono emocional.

Y cuando llega el final, la reflexión adquiere todavía más fuerza: ¿en qué momento termina realmente la vida? ¿Cuándo dejamos de luchar por alguien que amamos?

La respuesta que deja Paradiso parece sencilla, pero es profundamente humana: mientras haya amor, siempre habrá una razón para luchar.

Contra viento y marea.

La propuesta, escrita por Jean Villanueva y Nicolás Hernández, contó con las actuaciones de Laura Leclerc, Luis del Valle, Chabela Estrella, Milton Cordero “Lechuga”, Gracielina Olivero, Bernardita García, Miguel Lendor “Papachín”, Galú de la Huerga, Frank Ceara, Irma García, Naishme de los Santos, Hey Santana, Lauren Molina, Carol Pepín y Eliezer Brito.

Una combinación de talento que consiguió sostener una historia que transita entre la comedia, la nostalgia y esas verdades que, aunque a veces duelan, necesitamos escuchar.

Nueve funciones después, Paradiso se despidió del Teatro Manuel Rueda, pero su mensaje trasciende el escenario.

Porque quizás esa sea la verdadera pregunta que nos deja la obra:

¿Qué estamos haciendo hoy por aquellos que un día lo hicieron todo por nosotros?

Y quizá, después de verla, muchos salgamos con una respuesta distinta.

Porque mientras nuestros seres queridos estén aquí, todavía estamos a tiempo de estar.

 

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