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¿Qué ha pasado con el periodismo de espectáculo en República Dominicana?

Hace unos días asistí a un taller universitario sobre comunicación visual disruptiva. Aunque estaba enfocado principalmente en publicidad, salí pensando inmediatamente en el periodismo de espectáculo dominicano… o en lo que queda de él.

Desde hace un tiempo observo, desde las gradas, una preocupante dejadez en el ejercicio del periodismo de entretenimiento en el país. Antes había más movimiento, más intención de crear contenido distinto, más hambre de preguntar, investigar y contar historias. Hoy pareciera que nos dieron un “jugo de tamarindo” colectivo: nos dormimos.

Y mientras eso ocurre, cobra más sentido una de las reflexiones de Mario Vargas Llosa en La civilización del espectáculo: “La frivolización de la cultura trae consigo la banalización del periodismo.” Eso es exactamente lo que estamos viviendo.

El periodismo de espectáculo ha dejado de incomodar. Y un periodista que no incomoda, que no cuestiona y que no profundiza, termina siendo simplemente parte del ruido.

Hoy el entretenimiento está dividido en bandos. Y lo peor no es que existan figuras enfrentadas; lo preocupante es que muchos periodistas también han asumido posiciones como fanáticos. En conversaciones privadas, colegas admiten que “hay que definirse”, como si ejercer el oficio dependiera de alinearse con un grupo o una plataforma. Pero cuando todo eso pase, ¿qué quedará?

Mientras tanto, gran parte de la vieja escuela permanece sentada en las gradas. No sé si observando, ignorando o simplemente evitando involucrarse. Y aunque están en su derecho de no pertenecer a ningún bando, también es cierto que el silencio frente al deterioro del oficio termina siendo una forma de complicidad.

Las redes sociales han cambiado el consumo informativo, sí. Instagram se ha convertido en fuente, agenda y tendencia. Y no está mal utilizarlo como herramienta. La noticia puede surgir de cualquier lugar. El problema comienza cuando todo el periodismo se reduce únicamente a reproducir lo que otro publicó.

Hoy vemos medios completos haciendo exactamente las mismas notas, utilizando los mismos videos, los mismos captions y hasta los mismos enfoques. Ya no se sale a buscar historias; se espera que el algoritmo las entregue.

¿Dónde quedó el periodista disruptivo?
¿Dónde quedó el que sabía preguntar?
¿El que investigaba antes de publicar?
¿El que iba a un evento a observar y no solo a pedir una nota de prensa?

Hacer periodismo desde una silla y con un celular es más fácil que construir contenido propio. Pero también es más peligroso, porque poco a poco comenzamos a parecernos más a páginas de chismes sin confirmar que a medios de comunicación.

Y ahí está el verdadero problema. Muchos jóvenes periodistas hoy sueñan más con ser figuras que con ejercer el oficio. Quieren viralidad antes que credibilidad. Presencia antes que criterio. Likes antes que contenido. Y es triste.

Porque en medio de toda esta crisis todavía resuena aquella frase que definió el oficio mucho antes de la era digital: “El periodismo es el mejor oficio del mundo.” La pregunta es si todavía lo estamos ejerciendo como tal, si nos lo estamos disfrutando, si estamos siendo disruptivos o simplemente nos hemos convertido en un profiláctico del medio.

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